El 27 de marzo se celebra el “Día Mundial del Teatro” en todo el mundo.
Es patrocinado por el Instituto Internacional del Teatro (ITI), fundado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO)
Desde 1962, el Día Mundial del Teatro ha sido celebrado por los Centros ITI, Miembros Cooperantes, profesionales del teatro, organizaciones teatrales, universidades y amantes del teatro de todo el mundo, el 27 de Marzo de cada año. Este día es una celebración para aquellos que pueden ver el valor e importancia de la forma de arte “teatro”, y actúa como un llamado de atención para los gobiernos, políticos e instituciones que aún no han reconocido su valor para las personas y para el individuo, y tampoco se han dado cuenta de su potencial para el crecimiento económico.
Este año, el mensaje del Día Mundial del Teatro corre a cargo de Willem Dafoe, reconocido actor internacional y actual director artístico del Departamento de Teatro de la Biennale di Venezia. Su trayectoria artística nació sobre los escenarios, como miembro fundador de The Wooster Group, una de las compañías más influyentes del teatro de vanguardia contemporáneo en Nueva York.
A lo largo de su carrera, Dafoe ha colaborado con grandes nombres de la creación escénica como Bob Wilson, Marina Abramović, Richard Foreman o Romeo Castellucci, explorando lenguajes teatrales innovadores y ampliando los límites de la interpretación.
Aunque ha alcanzado un enorme reconocimiento internacional por su trabajo en el cine —con cuatro nominaciones a los premios Óscar y la Coppa Volpi al mejor actor en el Festival de Cine de Venecia en 2018—, el teatro continúa siendo una parte esencial de su identidad artística, un espacio desde donde sigue alimentando su visión creativa y su manera de entender el oficio de actor.
Soy actor, conocido principalmente como actor de cine, pero mis raíces están profundamente arraigadas en el teatro. Fui miembro de The Wooster Group desde 1977 hasta 2003, creando e interpretando piezas originales en The Performing Garage, en Nueva York, y realizando giras por todo el mundo. También he trabajado con Richard Foreman, Robert Wilson y Romeo Castellucci. Actualmente soy el director artístico del Departamento de Teatro de la Biennale di Venezia. Este nombramiento, los acontecimientos mundiales y mi deseo de regresar al quehacer teatral han reforzado mi convicción en el poder positivo y único del teatro y en su importancia.
En los humildes comienzos de mi etapa en The Wooster Group, la compañía con sede en Nueva York, solíamos tener muy poco público en algunas de nuestras funciones. La regla era que, si había más intérpretes que espectadores, podíamos optar por cancelar. Pero nunca lo hicimos. Muchos de los miembros no estaban formados en artes escénicas, sino que procedían de distintas disciplinas que se reunían para hacer teatro; así que “el espectáculo debe continuar” no era realmente nuestro lema. Sin embargo, sentíamos la obligación de mantener ese encuentro con el público.
Con frecuencia ensayábamos durante el día y por la noche presentábamos el material como trabajo en proceso. A veces dedicábamos años a una obra mientras nos sosteníamos con giras de producciones anteriores. Trabajar durante años en una pieza podía volverse tedioso para mí, y los ensayos me resultaban a veces agotadores; pero esas presentaciones de trabajos en proceso siempre eran estimulantes, incluso cuando el público reducido parecía un juicio contundente sobre el nivel de interés por lo que estábamos haciendo. Eso me hizo comprender que, sin importar cuántas personas hubiera, el público, como testigo, da al teatro su significado y su vida.
Como dice el cartel en una sala de apuestas: “HAY QUE ESTAR PRESENTE PARA GANAR”. La experiencia compartida en tiempo real de un acto de creación, que siempre es diferente aunque siga una pauta y un diseño, es sin duda la fuerza más evidente del teatro. Social y políticamente, el teatro nunca ha sido tan importante y vital para la comprensión de nosotros mismos y del mundo.
El “elefante en la sala” son las nuevas tecnologías y las redes sociales, que prometen conexión, pero aparentemente han fragmentado y aislado a las personas. Utilizo mi ordenador a diario, aunque no tengo redes sociales; incluso he buscado mi nombre en internet como actor y también he consultado la inteligencia artificial para obtener información. Pero habría que estar ciego para no reconocer que el contacto humano corre el riesgo de ser sustituido por relaciones con dispositivos. Aunque cierta tecnología puede ser útil, el problema de no saber quién está al otro lado del círculo de comunicación es profundo y contribuye a una crisis de la verdad y de la realidad. Si bien internet puede plantear preguntas, rara vez capta ese sentido de asombro que el teatro crea. Un asombro basado en la atención, el compromiso y una comunidad espontánea de quienes están presentes en un círculo de acción y respuesta.
Como actor y creador teatral, sigo creyendo en el poder del teatro. En un mundo que parece volverse cada vez más divisivo, controlador y violento, nuestro desafío como creadores teatrales es evitar que el teatro se corrompa reduciéndose únicamente a una empresa comercial dedicada al entretenimiento como distracción, o que se convierta en un simple preservador institucional de tradiciones. Por el contrario, debemos fomentar su fuerza para conectar pueblos, comunidades y culturas y, sobre todo, para cuestionar hacia dónde nos dirigimos…
El gran teatro consiste en desafiar nuestra manera de pensar y alentarnos a imaginar aquello a lo que aspiramos.
Somos animales sociales diseñados biológicamente para vincularnos con el mundo. Cada órgano sensorial es una puerta hacia el encuentro, y a través de ese encuentro logramos una definición más profunda de quiénes somos. A través de la narración, la estética, el lenguaje, el movimiento y la escenografía, el teatro, como forma de arte total, puede hacernos ver lo que fue, lo que es y lo que nuestro mundo podría llegar a ser.





